16 de septiembre de 2012

Infinito


Son las 3.17 de la madrugada. El olor a mar invade mis pulmones gracias a la suave brisa que corre esta noche. Lo único que me acompaña es la tenue luz de la Luna que descubre toda la cala cuyo silencio lo rompen los motores de los pocos coches que circulan a esta hora por la carretera. Sobre mi se cierne un manto estrellado; jamás lo había visto tan vivo y, a la vez, tan calmado. Alzo la vista al firmamento y dejo que mi mente despegue en su dirección, intentando desconectar de todo lo que hay en tierra. Durante unos instantes, lo consigo. Paz, siento paz. Pero sólo durante unos instantes. Vuelvo a la realidad de nuevo por culpa de un grillo. Vuelvo a indagar en mi cabeza y a repasar la pregunta que me lleva persiguiendo desde hace años: ¿voy en la dirección correcta?

Un escalofrió me recorre la espalda. Es el miedo, que vuelve a aparecer como un atracador lo hace en un callejón sin salida. Intento relajarme. Inhalo una nueva bocanada de aire marino. Parece que me relaja. No es suficiente. El miedo sigue ahí, no se va. Creo que no hay nada peor que enfrentarse a los demonios de uno mismo; bueno, sí: enfrentarse a todos los demonios de uno mismo a la vez. Vuelvo a alzar la vista al cielo. Me concentro en las estrellas. Diminutos puntos que, en el fondo, representan a infinitas galaxias. Exacto. Lo infinito. Todo es infinito. Desde el miedo, hasta la alegría. Todo se recicla y vuelve.  Me siento insignificante ante tal cantidad de estrellas, ante tan cantidad de astros desconocidos. Me siento insignificante delante de lo infinito.


Y es, entonces, cuando sin pensarlo, sin calcularlo, decido dirigirme al firmamento entero y de mis labios emergen unas tímidas y respetuosas palabras: “Si voy en la dirección correcta, mandarme una señal”. Una estrella fugaz pasa por delante de mis ojos. Mi corazón late aún más fuerte, el miedo desaparece. Bajo la mirada, esta vez la dirijo al horizonte. No es una estrella para pedir un deseo; es una estrella para decirte que el deseo te ha sido concedido. Vuelvo a mirar al cielo. Una sonrisa y un “gracias” es lo que respondo.


1 comentario:

  1. Si no hay temores, la valentía de enfrentarse a un futuro incierto,no tendría ningún sentido.
    La vida es ,básicamente, ser capaz de confiar en uno mismo. Solo unos pocos pueden visualizar su camino y exclusivamente los elegidos conservan intacta su fe, interpretan las señales y las siguen como la estela de esa estrella fugaz.
    De ahora en adelante surgirán mil y unas preguntas que te podrá apartar de tu camino, pero no dudes, porque mientras preguntes a las estrellas y comprendas que siempre estarán ahí para disipar tus dudas, crearás misterios, hazañas, llantos y risas y emocionarás como solo los elegidos son capaces de hacerlo.
    Y yo estaré allí............

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