Son las 3.17 de la madrugada. El olor a mar invade mis
pulmones gracias a la suave brisa que corre esta noche. Lo único que me acompaña
es la tenue luz de la Luna que descubre toda la cala cuyo silencio lo rompen
los motores de los pocos coches que circulan a esta hora por la carretera.
Sobre mi se cierne un manto estrellado; jamás lo había visto tan vivo y, a la
vez, tan calmado. Alzo la vista al firmamento y dejo que mi mente despegue en
su dirección, intentando desconectar de todo lo que hay en tierra. Durante unos
instantes, lo consigo. Paz, siento paz. Pero sólo durante unos instantes.
Vuelvo a la realidad de nuevo por culpa de un grillo. Vuelvo a indagar en mi
cabeza y a repasar la pregunta que me lleva persiguiendo desde hace años: ¿voy
en la dirección correcta?
Un escalofrió me recorre la espalda. Es el miedo, que vuelve
a aparecer como un atracador lo hace en un callejón sin salida. Intento
relajarme. Inhalo una nueva bocanada de aire marino. Parece que me relaja. No
es suficiente. El miedo sigue ahí, no se va. Creo que no hay nada peor que
enfrentarse a los demonios de uno mismo; bueno, sí: enfrentarse a todos los
demonios de uno mismo a la vez. Vuelvo a alzar la vista al cielo. Me concentro
en las estrellas. Diminutos puntos que, en el fondo, representan a infinitas
galaxias. Exacto. Lo infinito. Todo es infinito. Desde el miedo, hasta la
alegría. Todo se recicla y vuelve. Me
siento insignificante ante tal cantidad de estrellas, ante tan cantidad de
astros desconocidos. Me siento insignificante delante de lo infinito.

Y es, entonces, cuando sin pensarlo, sin calcularlo, decido dirigirme
al firmamento entero y de mis labios emergen unas tímidas y respetuosas
palabras: “Si voy en la dirección correcta, mandarme una señal”. Una estrella
fugaz pasa por delante de mis ojos. Mi corazón late aún más fuerte, el miedo
desaparece. Bajo la mirada, esta vez la dirijo al horizonte. No es una estrella
para pedir un deseo; es una estrella para decirte que el deseo te ha sido
concedido. Vuelvo a mirar al cielo. Una sonrisa y un “gracias” es lo que respondo.