6 de julio de 2013

La inmortalidad del artista


Cuan avaricioso es el espectador. Se sienta en una butaca y espera expectante a ese momento que acojona tanto al artista; ese momento que ha sido el inicio de muchos chistes; ese momento que protagoniza un telón. Un telón que se abre y despierta la avaricia del espectador. Porque el espectador es caprichoso. Si le gusta algo, quiere más de ese algo. Y ahí es donde está, si se me permite la redundancia, el arte del artista: el satisfacer al espectador hasta tal punto que este no desee ni más, ni menos; llegar hasta tal punto de que el espectador se quede satisfecho... ¡¡Y qué placer y sensación tan inmensa es la de ver a un espectador satisfecho con tu trabajo como artista!! 

Y es aquí, amigos, el momento en el que el artista se vuelve adicto a complacer al espectador... porque no hay mayor sensación de placer que ese aplauso de un espectador satisfecho. Pero, ojo, no sólo el artista es adicto al espectador, sino que el espectador es adicto al artista. Porque un espectador satisfecho busca al artista que le ha complacido y un artista que ha complacido a un espectador no duda en volver a intentar complacerlo. Porque es, para ambos, un reto. 


Y volvemos a empezar otra vez desde el principio, en este círculo vicioso entre artista-espectador. Pero este círculo no es infinito. Este círculo cambia. Porque tanto artista como espectador, evolucionan. Y esa evolución hace que el artista cambie de espectadores y que el espectador cambie de artistas: hay un momento en el que el artista abandona al espectador o el espectador abandona a ese artista por ese cambio, por esa evolución. 


Cuan avaricioso es el espectador, empecé diciendo. Su capricho es, precisamente, lo que le diferencia del artista. Porque nosotros, los artistas, no podemos permitirnos el lujo de ser así de caprichosos: lo que hacemos va por y para ellos y si no les gusta, tenemos que cambiar lo que hacemos para satisfacerle. Pero el espectador no. El espectador se sienta, mira y espera que le complazcan. Porque esa es su función: ser complacido.


Tu espectador no está, se ha ido; has hecho arte para complacerle y no estaba ahí para ser complacido. Si el espectador es caprichoso, el artista es orgulloso. Y es, por esto mismo, por lo que tú, como artista, debes bajar el telón con orgullo ante ese patio de butacas vacío, perder tu mirada en el horizonte y decir: la función ha terminado. 


Pero no debes de asustarte porque para la próxima vez que abras ese telón, tendrás a un nuevo espectador al que complacer, un nuevo espectador al que embaucar y sorprender. Un nuevo espectador que volverá a abandonarte o al que abandonarás tu. 


Vaya relación la de artista-espectador, diréis. Pues sí, es una mierda cuando el artista se queda solo en el escenario ante un patio de butacas vacío. Así que te digo a ti, artista, que cierres el telón y que comience la siguiente función porque tienes a otro espectador ansioso por ser complacido.


No hagáis arte para espectadores que no están porque no son otra cosa que fantasmas. Fantasmas que sólo recuerda el artista. Alimentaros del recuerdo para satisfacer con vuestro arte a otros. Pero no hagáis arte para ese espectador fantasma.


Nosotros somos los inmortales, no ellos.