23 de junio de 2011

La canción que salvó mi vida

"Querida canción,

Quiero empezar haciéndote saber todo esto porque gracias a ti mi vida tiene un propósito. Tú me ayudaste a ser quien soy ahora, a luchar por lo que verdaderamente quiero y, sobre todo, a levantarme por ser quien soy. Me veo reflejado en cada palabra que dices, en cada momento que lloras, en cada momento que ríes…

Hay veces que me siento atrapado en un mundo en el que todos me odian, en el que no pinto nada, pero, de repente te veo y me digo: no, no puedo caer… No estaría aquí si no fuera por ti.

Estaba quebrado, estaba asfixiado, estaba perdido, pero esta canción salvó mi vida. Estaba sangrando, dejé de creer, podría haber muerto, pero esta canción salvó mi vida. Estaba decaído y ahogado, pero llegaste justo a tiempo… Esta canción salvó mi vida.

A veces me siento como si me hubieras conocido siempre… Siempre sabes hacerme sentir mejor cuando me encuentro en la más profunda de las miserias. Porque gracias a ti he sabido salir adelante, derrumbar los muros que se ponen en mi camino y luchar por lo que quiero. Cada vez que van pasando los años, me doy cuenta de que eres mi escapatoria cuando me siento atrapado en estas cuatro paredes, en este muro que me construyo yo mismo. Me alegra que, cada vez que estoy mal, tú me conozcas mejor que nadie y sepas lo que me pasa… Y peleas y me picas para que explote y eche todo. ¿Y sabes? Eso está bien porque me haces ser yo mismo.

Estaba quebrado, estaba asfixiado, estaba perdido, pero esta canción salvó mi vida. Estaba sangrando, dejé de creer, podría haber muerto, pero esta canción salvó mi vida. Estaba decaído y ahogado, pero llegaste justo a tiempo… Esta canción salvó mi vida.

Nunca sabrás lo que significas para mí porque nunca sabrás del pozo del que me has sacado. Nunca sabrás lo importante que eres para mí porque sé que jamás voy a estar solo… Sé que jamás volveré a estar sólo.

Esta canción salvó mi vida… TÚ salvaste mi vida."

¿Alguna vez habéis escuchado una canción con la que os sintáis muy, muy identificados? A mí sólo me ha ocurrido una vez, pero al escuchar esta canción del nuevo disco de Simple Plan, me ha vuelto a ocurrir. Carta escrita a raíz de la canción en concreto.


14 de junio de 2011

El último beso

La suave brisa del mar azotaba mi cara y se introducía en mis pulmones impregnados de una inmensa sensación de agobio. Mis pies descalzos sentían el tacto de la fina arena de la playa que se extendía a lo largo de toda la cala. Había perdido la percepción del tiempo… No sabía cuánto llevaba allí sentado, mirando hacia el infinito, perdiendo mi mirada en el horizonte… Sólo había una cosa que me preocupaba, una cosa que me hacía evadirme del mundo y sumergirme en la más profunda miseria dentro de mi corazón; una pregunta que me reconcomía en lo más profundo de mi ser: “¿vas a venir?”. Tres palabras simples, pero con un tremendo significado; tres palabras que cada vez que se me pasaban por la cabeza, me hacían estremecerme en aquella playa…

De vez en cuando, la soledad se rompía cuando alguien cruzaba enfrente de mí, paseando por la orilla y disfrutando del paisaje. Yo no me inmutaba, deseaba pasar inadvertido; no quería ser visto. Sin embargo, eso no implicaba que yo no viera. Por desgracia, veía como las personas que pasaban delante de mí, desprendían una envidiable felicidad: parejas paseando de la mano, un padre con su hijo a hombros, una joven paseando a su perro, incluso un anciano que caminaba feliz y sin preocupaciones. Todos ellos con sus respectivas historias y con sus respectivos problemas, aparentemente, inexistentes… Les envidiaba por ese instante de felicidad que desprendían y que, por desgracia, no me contagiaban. Y yo sólo pensaba, una y otra vez, lo mismo: ven, por favor; no me abandones.

Anhelaba poder volver a oír su voz, sentir su mirada, ver su sonrisa, besar sus labios, tocar su pelo, abrazar su cuerpo… ¿Por qué una persona ha llegado a hacerme esto? ¿Cómo alguien ha conseguido que me encuentre aquí y así en este preciso momento? Una oportunidad, sólo una última oportunidad para demostrarla lo que siento… Y, otra vez, sonaba en mi cabeza la misma pregunta: “¿Vas a venir?”.

De repente, tembló la tierra; la gente que antes había paseado delante de mí, se paró ante el rugido que se sintió bajo nuestros pies. Yo seguí mirando al horizonte, pasivo e inmune a todo. Hasta que algo me hizo girarme. Como si una flecha me atravesara, una intuición y una desconocida fuerza me hizo girar mi cuerpo y mirar a mis espaldas. Poco a poco, me incorporé y entonces la vi… Como si de una corriente de aire se tratase, como si el más frio de los vientos y, a la vez, la más cálida de las corrientes me atravesaran; ella se encontraba a unos pocos metros de mí, avanzando hacia donde me encontraba. Yo advertí que la gente de la playa huía aterrorizada del horizonte que antes observaba; esa felicidad que antes existía en esas personas, se transformó en un temor; pero me daba igual, sólo me importaba una cosa en ese preciso instante. No hacían falta palabras, ni explicaciones; sólo una mirada, fundirnos en un abrazo y, después, un último beso...

Mientras que todo el mundo huía de la enorme ola que estaba a punto de azotar la playa y acabar con miles de vidas, nosotros permanecimos unidos, ajenos a todo porque ya nada importaba… Sólo ella y yo. Ni si quiera cuando el agua inundó mis pulmones sentí agobio porque, por fin, estaba completo. Por fin, supo lo que yo sentía. Por fin, había venido...


He escrito esta "ñoñería" mientras escuchaba la OST de Titanic; para mi gusto, una de las películas con la mejor banda sonora que existen en la historia del cine. Me he dado cuenta de que inspira muchísimo, sobre todo situaciones como las que recrea la película o el relatillo que os acabo de ofrecer. Aquí os dejo la famosa canción de la película cantada por Céline Dion (tremendísima y potentísima la voz que tiene esta mujer).



2 de junio de 2011

Aquella porción de tierra...

La porción. Así llamaba al pedazo de tierra en el que me encontraba. Una isla muy pequeña a ojos del mundo, muy grande a los míos. Un pedazo de tierra en el que la única forma de vida humana que había era yo… Yo y mi subconsciente. La abundante vegetación del lugar, así como su arena y sus cristalinas aguas,  hacían a la isla de un sitio atractivo. El sonido que se percibía en aquel lugar era, únicamente, el producido por las olas del mar y por las gaviotas que de vez en cuando pasaban por encima de la isla. Ni si quiera sé si viven en la isla. No me importa.

Aunque parezca mentira, cada día es distinto para mí. Siempre tengo algo nuevo que hacer… Ya sea mejorar la cabaña que me había construido entre dos robustos árboles o pescar nuevas especies en el fondo marino, incluso imaginar historias gracias a las formas que me deleitan las nubes del cielo. Mi vida en esta porción de tierra es simple y enriquecedora a la vez. No sé cómo he acabado aquí, no tengo ni idea de cómo he llegado… sólo sé que me siento seguro y no quiero saber nada de lo que pasa fuera de esta isla. Nada.

Sin embargo, el que a veces se convierte en el mejor momento del día, pasa a ser el peor: todas las noches, cuando enciendo la fogata, me obsequio con medio coco relleno de agua fresca, procedente del milagroso manantial que hay en el centro de la porción. Observo las figuras que crea el fuego y las sombras que hace el mismo en la tierra y la estampa es aún más increíble cuando hay luna llena… Es un momento muy intimo, muy personal;  es mí momento, en el que mi mente comienza a divagar y, a veces, acaba en los recuerdos… Y entonces, lanzo una mirada al cofre que guardo detrás de la cabaña. Ese cofre, cargado de recuerdos, que he intentado arrojar al mar una y otra vez y cuyas olas me lo devuelven; lo escupen porque saben, perfectamente, que lo que hay dentro de él no es nada bueno… Cada noche, el momento más mágico del día, se transforma en una lucha contra mi propio némesis, contra mi pasado, contra mis recuerdos…

Una noche, mientras volvía a recordar la presencia del cofre a mis espaldas, se me ocurrió una descabellada idea: abrirlo. Sí, podría abrir el cofre, ver lo que hay en su interior, ¿es que acaso es tan grave lo que hay ahí dentro? Todos los días de mi vida eran perfectos, ¿por qué tenía que amargar el momento más mágico del día un simple cofre? Al fin y al cabo, es un trozo de madera. Fue entonces cuando me puse en pie, cogí el cofre y volví asentarme en frente de la fogata. Acaricié los grabados metálicos del cofre y, entonces, desplegué la cerradura que liberaba la tapa. Comencé a sacar hojas sueltas. Se trataba de páginas arrancadas de algún diario; la letra era mía. Me leí todas y cada una de las páginas que había y ninguna de ellas me decía nada nuevo, sólo me recordaban una cosa: el cómo había llegado a esa isla; a ese mundo perfecto que había creado; esa porción de tierra suficiente para mí, ajena a todos los problemas del mundo, pero vulnerable a los míos… Y es que ese cofre me recordaba todas las noches esos problemas. Cogí todas las páginas del cofre y las lancé a la hoguera. Las llamas comenzaron a bailar más que nunca. Una leve sonrisa emergió de mis labios. Respiré hondo y sentí como el humo penetraba en mis pulmones; no me ahogaba. Me dejé caer hacia atrás y me di cuenta de que la luna se encontraba justo encima de mí. Me quedé dormido mientras veía cómo las cenizas del papel volaban por el aire…

No sabía que aquella iba a ser mi última noche en aquella porción de tierra. No sabía que al día siguiente volvería a despertar en la cama de mi habitación...


"Una isla desierta crearía y en una isla desierta viviría, si a esa isla desierta fuera todo lo que en mi mente soñaría"